
Estaba sentado en el sofá cuando sonó el timbre de la puerta. Al otro lado me esperaba una mujer de unos 45 años con los ojos mal pintados y sosteniendo un papel.
― ¿Están tus padres? –me pregunta.
― No. Es un piso de estudiantes.
― Ah, claro, hay muchos pisos de esos por aquí... ¿Y tus compañeros de piso?
― Están estudiando.
― ¿Y tenéis teléfono? ¿E Internet?
― Sí. Y estamos muy contentos con el servicio, así que...
― Espera, espera, muchacho, que tenemos una nueva oferta que incluye nuevos canales de televisión... Pero, venga, di a tus compañeros que salgan, y hablamos –no paraba de mirar hacia dentro, como si quisiera entrar.
― Están muy ocupados. Pero ya le digo que no cambiaremos...
― Resulta que en este edificio os acaban de instalar el cable, y cualquier entendido en tecnología te puede decir que el cable es mejor y más rápido que el ADSL –se me acercaba cada vez más. Su objetivo era el salón, de donde no saldría sin habernos vendido nada.
Me apoyé en el marco de la puerta y desconecté de la conversación /monólogo de la señora. Que venga a esas horas de la noche, pase. Que intente venderme algo, pase. Que no tenga ni idea de conexiones a Internet, pase. Pero que intente invadir mi casa de esa manera, no. Eso sí que no.
A algunos no les importa nada la intimidad ajena. Como ese conocido que entra en tu habitación y toquetea el despertador que te regaló tu hermana; o esa vecina que nunca te ha caído muy bien y te entra hasta en el baño con la excusa de que se le ha acabado la sal. No tengo ni planes secretos ni una segunda vida oculta, pero son mis cosas, y no me gusta que las manoseen por capricho.
Y hay que ver qué poco valor le damos a eso. Nos invaden la intimidad en muchos aspectos: mientras la televisión intenta convencernos de que una cámara oculta es un medio muy digno para saber con quién se acuesta fulano, diversas empresas venden nuestros datos como chorizos.
Los nuevos medios no garantizan, además, nuestra privacidad: Internet está plagado de personas dispuestas a amargarte la existencia robándote las claves bancarias, o bombardeándote con publicidad de pastillas que te hacen perder diez kilos en dos días.
La privacidad está en venta. El que no quiere hacer negocio con ella es porque no quiere.
De todos modos, todavía espero a que alguien me pregunte, por sentido común, si me parece bien o mal que entre en mi casa, incluso en mi buzón, sin mi permiso.