Riesgo
Comenzaba el curso político y nos tocaba grabar un mitin del PNV. Me acompañaba Elena, que me dio la noticia mientras conducía:
- Pues sí, definitivamente dejo este trabajo.
- Pero ¿cuándo?
- Cuando me cojan en el Eroski. Estoy haciendo pruebas para cajera.
- O sea, que esta vez va en serio.
- Sí.
- ... - no era la primera vez que me transmitía esas intenciones.
- Es que yo no puedo seguir con este trabajo tan inestable, ¿sabes? Además, nadie sabe lo que va a pasar con esta tele. Si no nos dan la licencia, nos quedamos sin trabajo.
- Ya, pero si nos la dan las cosas cambiarán.
- Bueno, pues si pasa eso, volveré.
- ...
- Y además, reclamaré un contrato y un puesto en edición. Yo he trabajado mucho aquí.
- Pero es posible que contraten a otras personas... Y te será más difícil entrar en este mundo una vez que has salido.
- Yo quiero tener las espaldas cubiertas, nada más.
Así terminó nuestra conversación. El resto del trayecto lo hicimos en silencio. No sé en qué pensaba Elena, pero es como si se hubiera dado cuenta de lo que había dicho: si las cosas van mal, ella ya tiene trabajo; si van bien, vuelve reclamando un buen puesto. Por un momento pensé que yo debía hacer lo mismo. Tienta, desde luego.
Sin embargo, creo que merece arriesgarse con ciertas cosas. Es casi una obligación. Por un lado, la vida sería muy aburrida si ya supiésemos que dentro de diez años estaremos casados y con una hipoteca pendiente. Por otro, resulta mejor quedarse con la sensación de que se ha luchado por mejorar su situación, y no con la pregunta “¿Qué hubiera pasado si...?”. Esta mañana hemos tenido noticia del alto el fuego permanente de ETA. Es momento de arriesgarse con cabeza, pues la paz no llegará sola. Y el que no se quiera arriesgar, que no venga después pidiendo un sitio que no le corresponde. Hay mucho que perder, pero ¡tanto que ganar!

